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20091001

Calcinada

Un día, salió la princesa a caminar y se encontró con un hermoso cachorro. Lo tomó en sus brazos y siguió caminando con él, acariciándolo y dándole amor, mientras el tierno animalito la besaba de la manera que besan lo cachorros. Entonces, llegó a un parque y se sentó a la sombra de un árbol y esperó allí, en compañía de Merth – así le puso al cachorro -, la puesta del sol. Ella sabía que era hermosísima; nadie se lo había dicho y nunca antes había estado allí, simplemente lo presentía. El sol comenzó a bajar como únicamente él sabe hacerlo, mirando a la princesa de la forma que él sabe y brindándole una sonrisa cálida como la de un sol. Merth estaba durmiendo en el regazo de Adelaida, y de la nada comenzó a temblar. La princesa asustada estaba, pero pensó que seguramente estaba soñando. Movió un poco el cuerpo del cachorro, pero no respondía y el sol, que cada vez se iba ocultando más, la miraba indignado con el ceño fruncido. De repente, la luz comenzó a hacerse mucho más enceguecedora, ya casi apenas podía abrir los ojos. Sintió que unas manos la tomaban y calcinaban su piel como sólo ellas podían hacerlo. Abrió los ojos en un intento y vio al sol frente a su cara negra y llena de ampollas por las quemaduras que le había causado. Le dolía y ardía inexplicablemente, y era tanto el dolor que lloraba y lloraba, logrando únicamente que sus lágrimas saladas hicieran arder más su piel. ¡Quién pudo haber deseado eso para la princesa! ¡Oh, Señor, pobre princesa calcinada! ¡Calcinada y hecha cenizas en un mal sueño de una noche!